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INTRODUCCIÓN
 
Nueva York,año 1940. La familia Lombardi tenía Manhattan en su poder, la familia Montivani se encontraba asentada en Brooklyn y los Simone poseían su territorio en Nueva Jersey. Hacía algún tiempo que la familia Lombardi había comenzado a perder terreno en su propio barrio (Manhattan), del que ahora intentaban robar terreno los Montivani (Su ejército era el más fuerte pero, respecto de las finanzas, eran inferiores.)
 
 
Giovanni Lombardi era el Don de los Lombardi. Él decidió encomendar a Jimmy Nascarella, su caporegime, la tarea de infiltrar a un hombre dentro de los Montivani.
Alto y ancho, conservaba la fuerza de su juventud.  De pelo canoso, cincuenta y dos años,  viudo y con dos hijos: Aldo y Giovanni. Estos ya trabajaban como soldados de la familia aunque eran muy jóvenes para ninguna labor de mando.
Desde que su familia se convirtió en una de las más importantes de New York, siempre mantuvo una actitud pacífica ante las demás familias mafiosas. Esto provocó el incipiente apoderamiento de Manhattan por parte de los Montivani.
Había empezado sus actividades mafiosas en Sicilia, pero tuvo que emigrar a EEUU dónde con sus hombres de confianza se hizo con el poder en Manhattan y sus negocios más desarrolladas, a parte de las usuales del juego y la extorsión, eran las finanzas de Wall Street y otros negocios legales.
 
Ante la situación generada por Montivani, Don Giussepe Lombardi se reunió una tarde con su más fiel caporegime, Jimmy Nascarella en su privado.
- ¿Sabes para qué te he llamado, Jimmy?
- Albert ya me lo había comentado y créame que haré todo lo posible para evitar esta intromisión.
- Bien, estaba pensando en la posibilidad de infiltrar a alguien entre los hombres de Montivani para tener información de sus movimientos cada cierto tiempo. Te he llamado pues tú eres el que más conocimiento tiene de nuestros muchachos y quisiera una sugerencia - dijo el Don, con la vista clavada en su general.
Nascarella se rascó la cabeza y comenzó a mover los labios en voz baja, en tanto iba seleccionando al hombre indicado. Mientras, Don Giussepe no le quitaba la vista de encima, como tratando de adivinar lo que su caporegime decía para sí mismo.
- Tenemos a Giorgio Vizzini y a Bruno Trapani - dijo Nascarella en voz alta.
Pero antes de que Don Lombardi pudiera agregar nada, continuó:
- No, Giorgio es eficiente para este tipo de trabajos pero es muy sociable por lo tanto lo conoce demasiada gente.
- ¿Y Trapani?- preguntó el Don impaciente.
- ¡Trapani…! - repitió Nascarella.
- ¿Entonces?
- Bruno Trapani es el hombre perfecto para esta misión. Siempre ha hecho trabajos internos y no es muy conocido. Eso, sin mencionar lo responsable que es - dijo el caporegime con una férrea convicción.
 
Nascarella había sido amigo del padre de Bruno, razón por lo cual sentía cierta predilección por el joven aunque no ponía las manos en el fuego por nadie.
- No se hable más entonces, confío en tu buen juicio - dijo el Don, dando por cerrado el asunto
- Me comunicaré con Bruno esta misma tarde y le informaré lo que debe hacer.
- Me parece bien, Jimmy. Tú encárgate del resto y me informas.
 
Bruno no se tomó muy bien la noticia pues era una labor demasiado difícil pero también estaba consciente de que él era al único que en ese momento podía cargar esa tarea sobre sus hombros: llevaba largos años de servicio en la Familia, trabajando en secreto, por lo que ninguna familia rival sospecharía de él; su mayor problema era que ahora tendría que llevar tres vidas paralelas: la de infiltrado, la de soldado de la familia Montivani y la de novio de una apuesta joven, Gloria Palmice. 
Pero órdenes eran órdenes y más aún si venían directamente de Don Giussepe.
 
Luego de un tiempo de prueba, Paul Fanesi, caporegime de los Montivani, al fin admitió a Bruno como Asociado sin mostrar signos de sospecha. Este último quedó bajo las órdenes de un soldado de la familia Montivani, Benny Torciano. De esta forma, Bruno ya había comenzado el juego más peligroso de su vida.
 
 
 
 
I
 
 
Trapani, tras dos meses actuando para los Montivani, se encontraba reunido con Jimmy Nascarella en departamento privado de los Lombardi, situado en el  Soho. El objeto de la reunión era un informe de noticias respecto de los Montivani. La actitud de Nascarella hacia su infiltrado no era de absoluta confianza, pues conocía que, en sus andanzas con Torciano, había logrado satisfactorios beneficios, lo que le hacía intuir, en algún grado, que podría dejar algo a un lado su lealtad hacia los Lombardi, con los que, por otra parte, nunca había llegado a sentirse plenamente integrado como consecuencia de haber trabajado siempre a puerta cerrada. No obstante, Trapani, a sabiendas de la postura de Nascarella, se encontraba cada vez más cómodo y confiado aunque su actitud - siempre de absoluta seriedad - no dejaba traslucir jamás sus pensamientos.
Tenía una contextura física pequeña, era flaco - apenas rozaba el metro sesenta - pero poseía gran agilidad con las armas y una inteligencia fuera de lo normal. Tenía cabello oscuro muy espeso; treinta años, soltero, pero con novia desde hacía tres años, Gloria Palmice.
Entró en la Familia a los veinte, siguiendo el camino de su padre muerto ya. Su oficio siempre había sido patrullar los alrededores y el interior de la residencia Lombardi, por lo que era poco conocido dentro del mundo del crimen organizado. Soportó los años más duros de la Familia, viendo caer de a poco el imperio Lombardo bajo los Mantovani. Siempre había pensado que para que una familia mafiosa se hiciera poderosa, debía negociar más que matar. 
Trapani entró en la habitación y vio a Jimmy Nascarella sentado en un confortable sillón. Sujetaba, en su mano derecha, una copa de vino; y cuando se percató de la presencia de su infiltrado, le hizo una señal para que tomara asiento. Luego de sentarse, se tomó la libertad de llenarse una copa. Nascarella no le quitaba los ojos de encima: era evidente que no se fiaba al cien por cien de su soldado. Fue este el primero en pronunciarse:
- No te traigo grandes novedades, Jimmy – dijo, acomodándose en el sillón y dándole un sorbo a su copa.
Tras este comienzo, Jimmy dio un suspiro, como lamentando lo que acababa de oír: cada vez veía con más claridad, que Bruno podía estar del otro bando.
Él era un Caporegime de los Lombardi – tal vez el más importante - y tenía a su cargo un buen número de Soldatti. Se encargaba muchas veces de la seguridad en los actos del Don: era uno de los caporegimi más cercanos. A él le había sido encomendada por el Don la tarea de infiltrar un espía en la familia Mantovani y quería el mejor de los resultados para esto.
De mediana estatura, tenía cuarenta y cinco años, era casado y tenía tres hijos. Había sido un gran soldado y se convirtió en Caporegime por sus dotes de liderazgo y por tener una cabeza bastante fría a la hora de tomar decisiones.
Decidió poner a Bruno a prueba:
- Vaya, eso me entristece... pero, si dices que no hay novedades, entiendo que nuestro enemigo está quieto – comenzó Jimmy fríamente.
Bruno empezó a pensar en la posibilidad de una trampa. (“¿Era posible que desconfiaran de él?”) Ante este interrogante prefirió guardar silencio.
- El Don ha creído oportuno que demos un golpe a los Montivani; hemos oído que recibirán un envío de drogas el martes; propongo que Torciano y tú sean los encargados de supervisar la tarea; entonces llegaremos nosotros... – explicó Nascarella con suavidad.
Bruno no supo qué responder y sólo asintió con un ademán.
Después de esta corta charla, dieron por finalizado el encuentro. Nascarella tardó un poco más en salir pues se quedó pensando acerca del asunto, hasta que acabó de beber su copa. Cuando miró su reloj, cayó en la cuenta de que ya nada había que hacer allí. Bajó la escalera con paso calmo lo que le dio tiempo para ver a alguien que lo esperaba abajo. Era Giovanni Lombardi, sin duda una aparición no muy agradable, pero había que prestarle atención. Después de todo, era el sucesor del jefe.
- Giovanni, ¿quieres hablar conmigo?
- Pues sólo un par de cosas, tío Jimmy.
Giovanni se encontraba cruzado de brazos, desafiante como siempre.
- No me llames así y dime de una vez qué quieres.
- Nada importante: sólo quería advertirte acerca de ese tal Trapani.
- ¿Algún problema?-
- No me agrada ese tipo, así que destitúyelo.
- ¿Sólo por eso? ¿Porque al niño no le agrada?  
Nascarella había perdido la paciencia notoriamente.
- Así es, no quisiera liquidar a alguien que se encuentra trabajando para nosotros, por lo tanto debes reemplazarlo.
- Mira, yo no tengo la culpa de que te guste la mujer de Bruno y, si él la conquistó primero, será porque es más listo y agradable que tú.
- Así que todos lo saben… En fin, no importa. Sólo agradece el cargo que tienes... por menos he reventado a varios.
Giovanni estaba profundamente ofendido por la respuesta pero sabía que ni siquiera él podía tocar a un hombre como Jimmy Nascarella.
- Poco me importan tus frases de niño consentido y te advierto una cosa. Si algo llega a pasarle a Trapani, sabré que has sido tú, tu padre también lo sabrá y estarás en problemas.
- Bien, tío, como digas - dijo el joven con un forzado tono amable y se marchó mordiendo insultos.
Giovanni Lombardi era el hijo mayor del Don y tenía veintiséis años. El Don siempre lo incluía en las misiones más importantes para que adquiriera experiencia y comprobar su valía. Como soldado, Giovanni era frío e implacable... Como persona, sarcástico y cortante. Amaba a Gloria pero no era correspondido. Respetaba a su padre, odiaba a Bruno. Sentía algo de desprecio por la forma de actuar de su hermano menor, aunque inconscientemente siempre estaba tratando de protegerlo.
Nascarella conocía al mayor de los jóvenes Lombardi. Sabía que era violento e impulsivo. Sin embargo no era la primera vez que lo ponía en su lugar y no le temía. Se marchó con una sonrisa de satisfacción, dando por finalizado el asunto.
 
En otro lugar, Bruno se encontraba conduciendo por la carretera. Apenas había tráfico. Tenía que recoger a Torciano que seguramente estaría en su casa en compañía de alguna mujer. En la guantera había dos armas y varias cajas con municiones. A pesar de todo esto, Bruno no podía evitar tener un temblor en la entrepierna. Llegó a un peaje; delante de él estaba parado un coche. Miró con desconfianza el interior de este. Ahora que trabajaba en esto, no confiaba ni en su sombra. Dentro del coche sólo había una familia feliz hablando.
Siguió su camino hasta llegar a la casa de Torciano que se despedía de una exuberante mujer.
- Creo que llegué en mal momento - dijo Bruno mirando a la “amiga” de Torciano.
- No te preocupes, Anita ya se marcha – dijo el otro, mientras le entregaba unos billetes a la dama.
- ¿De qué se trata?
- Fanesi quiere hablar contigo de algo serio.
- ¿No puedes adelantarme algo?
- No - dijo Torciano secamente.
Benny Torciano era Soldado de los Montivani, bajo las órdenes de Fanesi. Trabajaba junto al nuevo Asociado Bruno Trapani. Alto, flaco, pelo oscuro pero en poca cantidad, tenía treinta y tres años y era soltero. Estaba con los Mantovani desde los veintitrés años. Era uno de los encargados de extorsionar a los comerciantes influenciados por los Lombardi. No le había caído muy bien la entrada de Bruno a la familia, no confiaba del todo en él, aunque Bruno le reportaba beneficios desde que había quedado a su cargo.
Y Bruno estaba un poco pálido pues no le resultaba muy grato tener que tratar con Don Montivani.
 
 
Sonó el teléfono en el “Venecia Social Club”, cuartel general de Jimmy Nascarella en Midtown (Manhattan). Era Bruno, desde una cabina; habían pasado unas cinco horas desde que hablaron y ahora las noticias tampoco eran muy alentadoras. 
- La entrega del martes se ha suspendido; por lo visto la policía estaba al tanto.
- De acuerdo – dijo Jimmy con voz seria – pues tendrás que buscar otro momento. Es algo que hay que hacer, hay que darles un golpe, que sepan que estamos encima.
- La próxima semana tendré noticias – terminó Trapani, con aire preocupado.
 
Nascarella no acogió nada feliz aquella llamada. Colgó el teléfono y se sentó en un taburete. Estuvo reflexionando por unos momentos sobre aquello. Se sentía culpable por haber escogido a Bruno para aquel trabajo tan difícil. Se había precipitado, había cometido un error; y aquel error podía perjudicar a la Familia, posiblemente de forma fatal.
Tuvo un momento de debilidad, pero no tardó en recuperarse. Aún no había perdido toda la confianza en su hombre. Este no le había dado razones reales para ello; además conocía perfectamente a Bruno desde niño. Necesitaba saber si realmente le seguía siendo fiel; y necesitaba pruebas para ello.
Al día siguiente, Trapani lucía cansado. Toda la situación que tenía encima no le había dejado pegar los ojos durante toda la noche. Recordaba el tono poco convencido con el que le había contestado Nascarella cuando recibió el informe y no estaba seguro de si Jimmy se lo habría tragado, aunque Bruno no mentía. A Torciano le habían dicho que no debía realizarse la entrega puesto que su contacto en la policía se lo había aconsejado. Aunque ya había entregado su informe y no esperarían noticias dentro de un tiempo, Bruno estaba confuso... Los Lombardi por un lado... y Gloria... ¿dónde estaría su amada ahora?
En una pequeña habitación, sentada al lado de la ventana, se encontraba una mujer de mirada triste. Su prometido la visitaba cada vez con menos frecuencia desde que había comenzado un extraño trabajo que le absorbía más tiempo del que necesitaban para estar juntos.
- Tal vez hoy venga a visitarme – suspiraba, mientras miraba la mesa delicadamente arreglada con dos platos, un pastel y en medio unas flores algo marchitas de las cuales aún colgaba una tarjeta que decía "Para mi amada Gloria".
Entonces, sonó el teléfono en la habitación: una voz pausada y a la vez tenebrosa le dijo:
- No hables con nadie sobre esto. No des explicaciones. El vehículo pasará a buscarte en dos horas – ordenó la misma voz evidentemente impostada y tajante.
Gloria sabía que no podía negarse. Mientras iba en la parte trasera, en dirección a un restaurante de carretera en las afueras de Nueva York, observaba a los dos hombres que habían venido a recogerla; los conocía. Eran Enzo Marinello y Genco Stantaro, dos esbirros de quien la había citado.
- Te esperaba, Gloria – dijo el hombre que la recibió en un lugar reservado del local.
Enzo y Genco se habían sentado a otra mesa. No los miraban directamente pero Gloria sabía que los observaban.
-¿Padre, qué sucede? – Gloria se sentó frente a él, quien en ese instante, hacía una seña al camarero.
Pensaba, mientras el este apuntaba lo que el otro hombre pedía, sobre si tendría algo que ver esta misteriosa charla con el comportamiento extraño de Bruno esas últimas semanas.
Gloria era la novia de Bruno Trapani, tenía veintisiete años y no sabía mucho de las actividades de su novio. Estaba muy enamorada y esperaba algún día poder casarse con él.
Se había criado en el seno de una familia de emigrantes napolitanos, razón por la cual sabía las reglas a las que debía atenerse. Era alta y morena de piel y pelo. Tenía un cuerpo estilizado y vestía de forma muy americana, lo que indicaba que había sido muy influenciada por la sociedad de EEUU.
 
 
 
II
 
 
Nascarella decidió dar vuelta la página con el asunto de Trapani y esperar el próximo informe.
Además el pobre muchacho arriesgaba su vida en todo momento ya sea con los Montivani, si era descubierto o con los mismos Lombardi, específicamente por parte de Giovanni que, para mala suerte de Bruno, se había encaprichado precisamente con su novia. Pero aunque esto último le preocupaba, sabía que Giovanni no se atrevería a nada, mientras él se encontrara vigilando.
- ¿En qué piensas, Jimmy?...  Se enfría tu café.
- En nada querida, asuntos del trabajo... tú sabes – dijo Nascarella, despertando de sus divagaciones.
Vivía con la esposa y los tres hijos. En ese instante se encontraba en la cocina, tomando un café con su mujer.
- Claro, tu trabajo... – dijo la señora Nascarella bajando la mirada.
- ¿Y ya hablaste con Verónica? - preguntó Jimmy para cambiar el tema.
- Sí.  Y no quiere decirme quién es su admirador secreto.
- Ya no es secreto.
- Dice que lo dirá el domingo para su fiesta de cumpleaños pero si tú lo sabes, dímelo, Jimmy.
- No lo haré, tendrás que esperar ya que si te lo digo antes, se armará un lío... Ya sabes el carácter que tiene.
- Es la más parecida a ti… – dijo la señora Charlotte con una sonrisa.
- Ja ja ja, yo creo que…
En ese instante sonó el teléfono. Charlotte atendió y con una notoria cara de desagrado le dijo a su esposo.
- Te llaman.
Jimmy intercambió algunas palabras y colgó. Inmediatamente, se puso de pie, tomó el abrigo que colgaba del perchero y se dispuso a salir pero antes, oyó una voz cálida y a la vez triste.
- ¿Ya te vas…? Pero si hoy ibas a quedarte en casa!
- Lo sé, querida, pero tú sabes, el trabajo… –  dijo Nascarella, tomando ambas manos de su esposa.
- Te veo preocupado. ¿Es algo grave, Jimmy? ¿Volverás temprano?
- Descuida, Charlotte, volveré pronto y te traeré algo bonito.
- Sólo quiero tenerte en casa para la cena.
Charlotte Grandiere llevaba diecisiete años de casada con Jimmy Nascarella. Sabía perfectamente que tanto los negocios como el mundo de su esposo no eran legales y lo aceptaba, aunque le era difícil acostumbrarse a esas desapariciones. 
Nascarella asintió con la cabeza, la besó  y se marchó.
En el portal se encontró con sus guardaespaldas. Les hizo un gesto para que lo acompañaran al coche, siempre preocupado por el trabajo que le había encomendado a Bruno; quizá se había equivocado a la hora de escogerlo para que lo hiciese.
El chofer de Nascarella preguntó:
- ¿Cómo va todo, Jimmy?
Nascarella se quedó pensando un momento:
- Sin novedades – contestó, seriamente.
Al darse cuenta de la preocupación que tenía su jefe encima, le dijo:
- Todo se resolverá pronto.
- Eso espero, Carlo, eso espero.
Carlo Calvano era el chofer de Nascarella desde hacía unos años. Jimmy confiaba en él ciegamente, desde que le había salvado la vida, ayudándolo a escapar de un sicario de Montivani.
Era un hombre corpulento, pesado y alto. No hacía uso de su fuerza muchas veces y tampoco tendía a hablar demasiado. Su lealtad hacia los Lombardi no se podía medir.
Carlo llevaba mucho tiempo sirviendo a Nascarella. En muchas ocasiones, había visto los vertiginosos ojos de la muerte por su superior.
Este, por supuesto, le pagaba una buena suma, pues reconocía la peligrosidad del trabajo y le sobraba el dinero para recompensarlo. Lo había conocido de una forma un tanto peculiar. Jimmy paseaba por el barrio, cuando todavía era un soldatti de la Familia y, de repente, una voz pronunció su nombre; se volvió y tenía una pistola apuntando directamente a su cabeza. Cuando el tipo, que parecía de los Montivani, apretó el gatillo, y cuando Jimmy ya se veía muerto, el arma no expulsó ninguna bala, se había encasquillado.
Nascarella no iba armado, así que empezó a correr y correr; no sabía exactamente hacia dónde se dirigía; en aquel momento las piernas hablaban por él.
Entonces había divisado un taxi y se acercó de prisa a él. En el interior estaba Carlo Calvano, por aquel entonces un desconocido.
- Al East Side y rápido.
Desde entonces se convirtió en uno de sus hombres de confianza.
 
Nascarella estuvo pensativo todo el trayecto ¿Para que le habrían citado?
Por fin llegaron a destino, un restaurante en las afueras de Nueva York: en la puerta ya había, aparcados, dos lujosos coches de la Familia. Carlo se quedó fuera.
Mientras, Jimmy cruzó la puerta del restaurante que, a esas horas, estaba cerrado al público. Vio al camarero retirándose de una mesa, le hizo una seña para pedirle algo, a la vez que saludó con la mirada a los dos invitados de la mesa, Silvio Palmice y su hija.
- Lo de siempre – dijo Jimmy al camarero.
- Hola, Jimmy, toma asiento – dijo Silvio, señalándole una silla vacía.
- Demasiado cerca de la ventana – alegó, antes de sentarse con un gesto adusto.
- Creo que ya conoces a mi hija Gloria.
- Sí, de vista – dijo Jimmy secamente y un poco descortés.
Gloria no sabía qué pintaba allí. Los había visto a todos alguna vez pero ni su padre ni Bruno le presentaron nunca a sus amigos y esos tipos cerca la ponían nerviosa. Uno de ellos se levantó de pronto y se acercó a la mesa.
- Olvidé que debo retirar una pequeña mercancía pero regresaré en cinco minutos.
- Eres un cabezota, Genco – dijo Silvio, con una mueca de disgusto, y luego agregó –.  Es extraño que quieras salir ahora ¿no? ¡Que Carlo te acompañe!
Por la mirada de Genco se podía notar que no le gustaba la idea en absoluto pero sólo inclinó la cabeza con un gesto de aprobación.
- Dile a Carlo que yo lo autorizo – dijo Nascarella, quien había estado en silencio todo aquel rato. (Lo pensó mejor y él mismo fue a autorizar a Carlo.)
- Confío más en tu Carlo… – dijo Silvio con una risotada, cuando Jimmy volvió.
- Bueno, al grano – Nascarella se veía notablemente disgustado.
Cuando ambos hombres se marcharon, Silvio volvió la mirada a su hija.
- Gloria, te hemos traído aquí para hablar sobre Bruno... – comenzó su padre. Se encuentra involucrado en un asunto serio y necesitamos que nos digas todo lo que te haya contado Bruno y su comportamiento estas últimas semanas.
- … para así poder ayudarle – concluyó Jimmy, que notó apagados los ojos de la chica.
Gloria no sabía qué responder, por supuesto estaba preocupada por Bruno, pero él nunca le contaba nada de su trabajo.
- Padre, ¿qué significa esto? – preguntó, con una voz temblorosa.
- Hija, por favor, limítate a responder, este es un asunto serio – dijo Silvio, intentando dar imagen de autoridad.
- Él nunca me cuenta nada de su trabajo, pero sí es cierto que pasa tiempo fuera de casa, más de lo normal; me preocupa que le pueda pasar algo...
Apenas había dicho eso, se sintió como si hubiese traicionado a Bruno.
En ese instante, Jimmy notó algo extraño y de repente...
- ¡¡Al suelo!! – bramó rápidamente. 
Tres hombres armados aparecieron desde la calle con ametralladoras, dispuestos a no dejar títere con cabeza.
-¡Malditos! – gritó Jimmy.
Había aumentado el enfado que ya tenía y, sacando su arma, exclamó:
- ¡No saldrán vivos de esta...!
Se levantó y disparó una ráfaga de tiros hacia los agresores. Entonces se oyó un grito. Jimmy sintió un calor en el pecho que le hizo caer al suelo. Estaba muerto.
El padre de Gloria la tomó por el brazo y le dijo:
- Hija, ¡corramos!
En el último momento, ella agarró el arma de Jimmy y se la guardó en el abrigo. Su padre abrió de golpe la puerta, pistola en mano, disparando.
- ¡Gloria, al coche!
Entonces la muchacha vio cómo uno de los hombres se acercaba. Sacó el arma que había tomado y disparó un tiro que por fortuna acertó en plena cabeza.
- ¡Por Dios, hija! ¡Limpia las huellas y tira el arma! Vamos a casa de Albert Tarantella – dijo, mientras arrancaba el coche.
 
Silvio Palmice tenía sesenta y tres años. Estaba en la Familia Lombardi desde sus inicios, pero siempre había sido uno más, no había ascendido a más de soldado y se ocupaba de una tranquila correduría de apuestas al oeste de Manhattan. De pelo blanco y físicamente de estatura media, había perdido ya las facultades necesarias para ser un  personaje importante dentro de la Mafia. Nunca había tenido una buena relación con Gloria.
Se encontraba pensativo. Gloria no entendía nada y sentía una horrible mezcla de confusión y miedo. Acababa de matar, ella misma, a un hombre.
- ¿Quiénes eran? 
El padre no tenía la menor idea.
- No lo sé, hija, estoy igual que tú ahora mismo pero te juro, si llego a saber quién pudo atreverse a cometer semejante aberración, soy capaz de…
- Por favor, papá, no sigas – interrumpió Goria que ya no quería saber más de  violencia.
Comenzó a preocuparse por Bruno, se preguntaba miles de cosas acerca de él. Junto con su padre, se encontraban inmersos en un mar de dudas.
 
 
Bastante lejos de allí, Bruno ya se encontraba en casa de Don Montivani donde, junto a Benny Torciano, debían reunirse con Fanesi. Bruno trataba de escuchar lo que charlaban.
Paul Fanesi, caporegime de los Montivani, había admitido a Bruno dentro de la Familia. Luego de ponerlo a prueba, para ver a cuál de las dos era leal. De contextura mediana, con un ligero sobrepeso, casado con tres hijos y cincuenta y dos años de edad. Más allá de que nunca fue un Caporegime muy importante de los Mantovani, hacía años le había sido encomendada la tarea de que él y sus hombres se encargaran de ir consiguiendo algunos de los negocios de los Lombardi en Manhattan.
Por eso había admitido a Bruno, sabiendo que había tenido alguna relación con la otra Familia (pero no que había trabajado expresamente para ella); sabía que este hombre podía darle información útil para derrumbarlos y que si esto pasaba, conseguiría una mayor reputación y mayor poder dentro de la Familia Montivani. Era un hombre muy ambicioso y aunque no era de los caporegimes con más soldados, estos le eran totalmente leales y harían todo lo que él les mandara.
Estos, que no perdían de vista a Bruno, conversaban sobre lo acontecido:
- ¡Listo, jefe! ¡Cumplida la misión!
- ¿Resultado? 
- Van a llamarme en pocos minutos para decirme cómo terminó.
Sonó el teléfono.
- ¿Sí…? – Paul Fanesi se encontraba ansioso.
- ¿Benny…? – preguntó la voz al otro lado del teléfono.
Fanesi bajó de pronto la voz por lo que Bruno apenas podía oír.
- No, soy Fanesi. ¿Qué ha sucedido?
- La misión pudo llevarse a cabo totalmente. Nascarella está muerto.
- ¿Estás seguro de que Jimmy Nascarella está muerto…?
- ¿¿¡Mataron a Nascarella!?? – dijo de pronto una gruesa voz al fondo de la habitación.
Unos segundos antes, la puerta se había abierto y había hecho su entrada Don Montivani. Al no tener respuesta, dijo elevando la voz:
- ¿Quién mató a Nascarella? ¡¿Quién ha dado esa orden?!
Un silencio sepulcral inundó la sala y Bruno bajó la mirada un tanto amedrentado por la presencia de Don Montivani a quien nunca había tenido tan cerca y más que nada por lo que acababa de oír. ¿Sería cierto? ¿Nascarella había muerto?
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
III
 
 
Al día siguiente, un joven algo alterado se dirigió corriendo a la terraza de la mansión Lombardi. Don Giuseppe, se encontraba en el lugar charlando con su hijo Giovanni.
Él era el Don de los Lombardi y quien había encomendado a Nascarella la tarea de infiltrar a un hombre dentro de la otra Familia. Alto y ancho, conservaba la fuerza de su juventud. Pelo canoso, tenía cincuenta y dos años, casado y con dos hijos: Aldo y Giovanni Lombardi que ya trabajaban como soldados de la familia, aunque eran muy jóvenes para ninguna labor de mando. Desde que su familia se había convertido en una de las más importantes de New York, siempre había mantenido una actitud pacífica ante las otras. La consecuencia de esto era el incipiente apoderamiento de Manhattan por parte de los Montivani. Había empezado sus actividades mafiosas en Sicilia pero había tenido que emigrar a EEUU donde con sus hombres de confianza se hizo con el poder en Manhattan y sus negocios más desarrolladas, a parte de las usuales del juego y la extorsión, eran las finanzas de Wall Street y otros negocios legales.
- ¿Algún problema, muchacho? – preguntó extrañado Don Lombardi.
- Tal vez lo vienen persiguiendo los Irlandeses para colgarlo – bromeó Giovanni, aunque despectivamente.
Aldo pasó por alto el sarcasmo de su hermano y con la voz quebrada le informó a su padre:
- ¡¡Asesinaron anoche a Nascarella, me acabo de enterar!!
El Don quedó anonadado. Bajó la mirada, movió la cabeza e hizo un gesto a su hijo Giovanni para que le acompañase. Antes de retirarse, le dirigió una gélida mirada a su hijo menor.
- Tenemos una conversación pendiente...  no creas que lo olvidé.
Aldo Lombardi tenía veintidós años. Trabajaba como soldado pero pensaba que siempre se podían solucionar los problemas mediante la diplomacia. Respetaba y amaba a su padre. Quería mucho a su hermano pero a veces le temía. Estaba enamorado de Alice Brennan, hermana de Bertie Brennan quien pertenecía a los O’ Conaill, poderosa banda irlandesa. Mantenía su amor en secreto hasta que un par de días atrás, había sido descubierto por Giovanni, quien informó a su padre lo ocurrido. Quedó solo en la terraza, angustiado, con la vista perdida en un horizonte inexistente. Su padre ya sabía lo de su relación con la joven irlandesa y seguramente le hubiese ido peor si no hubiese sido por lo que acababa de ocurrir.
Nascarella había muerto. Aldo luchaba por recuperar el aliento y la claridad mientras intentaba adivinar cómo actuaría Don Giussepe. Un hombre como él querría enterarse de todos los detalles antes de dar el siguiente paso, pero lo que estaba claro era que ese paso sería demoledor.
El joven Lombardi imaginaba a Nascarella tirado en el suelo, con los ojos muy abiertos, inmóvil, inmóvil para siempre. Sin ninguna duda, estaba a punto de comenzar algo importante. En realidad, ya había comenzado.
Volvió la vista atrás y vio que el Don no había salido de la habitación: se encontraba junto a su hijo mayor y clavando sus ojos en los de Giovanni le dijo en sombrío italiano:
- Llamen a Albert... – se estaba refiriendo a su fiel Consigliere.
 
Albert Tarantella tenía cincuenta y ocho años y era el tío de Nascarella. Él era quien había sido el que empezara, junto a Giussepe, la Familia Lombardi. Era el Consigliere, astuto como un zorro: nunca le habían podido tender una trampa. Se encargaba secretamente del tráfico de armas para su Familia. Se teñía el pelo de negro (vanidad increíble en un siciliano de su generación). Era bajo y corpulento. Siempre pensaba en lo negativo. (Tenía un oscuro secreto en su vida, algo de lo cual no había llegado a perdonarse nunca, pero creía que se iría con él a la tumba…)
Giovanni marcó el número de la casa de Albert Tarantella, le dijo que viniera rápidamente. El Consigliere le contestó que conocía lo sucedido; tenía con él a Silvio Palmice y a su hija Gloria.
 
Un coche llegó a la puerta de la mansión. Salieron de él Carlo Calvano y Genco Stantaro...
Esperaban en la terraza Don Giussepe, su hijo Giovanni, y Lucio Guzzino, el fornido guardaespaldas del Don. También se encontraba Aldo que estaba ahí más bien por curiosidad pues sabía que su aporte no era considerado en esas situaciones. Carlo y Genco entraron con la cabeza gacha, acompañados por dos de los hombres de la familia.
- Siéntense – dijo Don Giuseppe, señalando las sillas de la pequeña terraza.
- Resumiré – comenzó Carlo –. Llegué con Jimmy y ya estaban allí Palmice y su hija para informar a Jimmy de un tema. Habían llegado con ellos Enzo Marinello y Genco. Yo me quedé fuera fumando, cuando Genco vino y me preguntó si le llevaba a recoger una mercancía, ya que Enzo se lo había pedido y el señor Nascarella lo había autorizado. Luego vieno el propio Jimmy a darme la autorización. Así que fuimos. Cuando regresamos, estaba lleno de polis así que pasamos de largo; pero vimos a Nascarella muerto; lo subían a la ambulancia y a un tipo desconocido también muerto...
- ¿Y usted, Genco, tiene algo que contarnos? –  interrumpió Don Giuseppe.
- Lo mismo que Carlo, señor.
Don Giuseppe se veía claramente cansado y le hizo una seña a su hijo Giovanni para que continuara con el interrogatorio.
- ¿Y eso que ibas a recoger…? Me suena a excusa barata – Giovanni tenía una mirada peligrosamente inquisidora que hacía temblar las piernas de Genco
- Era un encargo de Enzo que….
- ¿¿Y tú eres su sirviente?? – casi gritó Giovanni.
- No es eso, señor, el problema es que Enzo tenía resentida su pierna derecha por una bala que recibió la semana pasada.
- ¿¿Y Enzo en dónde se encuentra ahora??
- No lo sé, señor.
- ¿Y tú sabes algo? – dijo mirando a Calvano.
Pero antes de que Carlo respondiese, Aldo habló por primera vez:
- Por favor, Giovanni, todos sabemos que Carlo jamás se atrevería a…
- ¡Nadie ha pedido tu opinión! – dijo Giovanni bastante alterado y con un tono más bajo y sarcástico continuó hablándole a su hermano:
- Mira, Aldo, ¿por qué no vas afuera a jugar con el perro?
Aldo se incorporó indignado por el desprecio de su hermano y se marchó. Carlo entretanto sintió la fría mirada de Giovanni y recordó que tenía una respuesta pendiente.
- No sé en dónde podría encontrarse el tal Enzo… de hecho, nunca los había visto antes… ni a él ni a Genco… lo juro. Además ni siquiera sabía que íbamos a ese restaurant pues yo jamás lo pregunté hasta el momento en que Nascarella me dijo que detuviera el vehículo. Recuerde, Giovanni, que el propio Nascarella me autorizó a ir.
Cuando todos estaban escuchando atentamente, llegó Albert:
- Hola. Según Palmice, Enzo salió a buscar una cosa al coche justo antes de producirse el incidente. Y agrega que el propio Jimmy autorizó a Carlo a abandonar el lugar.
Don Giusseppe no acogió nada bien la noticia. Se aflojó un poco la corbata y bajó la cabeza. Experimentó en su estómago una sensación terrible, como si este se le diera vuelta y empujara el corazón hasta la boca. No era, por supuesto, y él lo sabía, un problema físico. Conocía a Jimmy Nascarella desde que había llegado a Estados Unidos.
Giussepe se sentía profundamente mal en aquellos momentos.
Sus pensamientos no daban un solo segundo a los asesinos de su amigo, ni a la idea de una venganza; en su cerebro no había más que recuerdos de Jimmy.
No quería que su hijo lo viese en aquel estado, de modo que decidió entrar en su casa y recluirse en su habitación, de donde no salió hasta la hora de cenar.
 
Hacía bastante rato que Aldo no aparecía. Giovanni suspiró al darse cuenta. (“Debe andar con su zorrita irlandesa”, pensó.)
Cuando todos se marcharon, fue por su coche pues ya la preocupación comenzaba a corroerle los nervios. Sin darse cuenta, llegó a la casa de los Palmice y llamó a la puerta. Abrió Gloria.
- Hola… Mi padre no se encuentra.
- Lo sé, quiero saber cómo estás… 
La fría mirada del joven se suavizó al verla… siempre tan hermosa, aun en los peores momentos.
- Pasa entonces, y no te preocupes pues estoy perfectamente – dijo Gloria confundida, pues no era la primera vez que Giovanni la visitaba, aunque siempre se iba con una negativa y esta vez no sería la excepción.
- ¿Te das cuenta, Gloria? Estos son los problemas que te trae Bruno.
- Soy feliz con Bruno y lo sabes… no me interesa lo que haga.
- A los hombres que trabajan de traidores les queda gustando eso de traicionar y no se puede confiar en ellos. ¿…Acaso te ha contado algo de su trabajo extra? ¿Quieres saberlo…?
Gloria se sintió algo incómoda, casi atacada. No sabía a qué se debía aquel interrogatorio tan ofensivo, pero tampoco quiso formular ninguna pregunta. Sabía que Giovanni era algo temperamental y el hecho de enfadarlo no le traería sino malas consecuencias. De modo que decidió responder a las preguntas del joven, pero sin comprometerse demasiado, pues una dama jamás debía dejar atrás sus principios. Quería a Bruno más que a nadie en el mundo y no iba a consentir que nadie lo insultara sin razón.
 - No sé de dónde habrán salido esas falsas difamaciones, pero Bruno no es un buitre como los demás – hizo una pausa.
Y agregó :
- Le interesan otras cosas además del dinero.
A Giovanni no pareció gustarle esa respuesta, ni el contenido ni el tono con el que los dijo Gloria. De modo que soltó un suspiro de desaprobación y lo siguiente lo dijo de forma algo más desagradable:
- Estamos hablando de negocios importantes, Gloria.
 
Al Tarantella conducía su coche camino a su casa. Estaba casi seguro de que Enzo Marinello estaba implicado en el asesinato de Jimmy aunque los otros dos no dejaban de incomodarle. Ahora, sobre sus hombros colgaba la tarea de averiguar quién era el responsable de semejante imprudencia. Se maldecía por no haber hecho caso a Luigi Vacani y Raul Viviano, sus amigos y hombres de confianza, acerca del asunto de hacer su propia Familia. Sabía que tenía talento suficiente para ello, pero la amistad que le unía a Giussepe le hizo permanecer en la Familia y seguir como Consigliere. Empezó con sus amigos ya nombrados en un lucrativo negocio de protección. Pensó en que si no los hubiera ayudado a escapar, nada hubiera pasado. No estaría metido en la Mafia. (Tampoco olvidaría nunca ese otro “fallo” de su vida. Ya había sabido qué era lo que los hombres llamaban miedo pero él sólo temía a la muerte y no mucho. Recordó el momento en que hicieron explotar su casa. Temió por la vida de su mujer e hijos pero no por la de él: él era un auténtico siciliano...)
Llegó a una avenida y paró: esperaba a alguien. De pronto ese alguien se subió al coche. Era Bruno Trapani.
- Hola, Al. Sabía que me ayudarías.
Albert arrancó el coche sin decir nada, pensando en el lío en que se estaba metiendo. Lo miró atentamente: se daba cuenta de que Bruno estaba muy mal, casi se podría decir asustado. Y no era para menos. "Jugar" a dos puntas en el mundo de la mafia no había sido nunca bueno para nadie (¡si lo sabría él…!) A Bruno Trapani lo habían colocado en una situación tan difícil que, por un lado, quería cumplir, pero por el otro, hubiera querido escaparse lo más lejos posible. Sólo Al podía ayudarlo... tal vez. Detuvieron el coche en un descampado.
- ¿Qué te pasa? Si ya estás enterado de lo que pasó, sabes que este no es un buen momento para mí. No te olvides de que Jimmy... – comenzó Tarantella.
- Sí, ya sé...  Y lo siento. Pero es que no sé a quién recurrir. Estoy desesperado.
- ¿Es por el encargo que te dio Jimmy?
- Y por algo más – hizo una pausa –. Giovanni... ehhh... no sé cómo empezar...
- Giovanni... ¿qué?
- Creo que Giovanni fue quién facilitó la información a los asesinos de Nascarella. Y con la colaboración de Enzo Marinello – dijo Bruno secamente.
- ¿Qué dices? – el horror se ahogó en la garganta de Albert Tarantella – ¿Giovanni mandó matar a Jimmy…?
Bruno bajó la cabeza con un gesto de asentimiento. Parte de lo que estaba diciendo era verdad pues se había enterado de que nada menos que el hijo mayor del Don había sido responsable del fatal tiroteo pero por una razón completamente distinta. Giovanni ya se había dado cuenta de que Jimmy protegía a Bruno ante Don Giuseppe y lo justificaba cada vez que cometía un error, de manera que resultaba muy difícil poder deshacerse de él. Además de las humillaciones e insolencias que había tenido que soportar del caporegime.
El muchacho sabía que Giovanni era un “maledetto” de primera pero jamás un traidor respecto de la Familia, así que tendría que cuidarse las espaldas de un poderoso rival que no dudaría en destruirlo y con el que nunca se había llevado bien. Tampoco ignoraba que Gloria estaba en juego y no dejaría que ese tipo le pusiera una mano encima.
- Lo siento, Al, pero debemos cuidarnos de ese tipo que no merece el apellido Lombardi.
Bruno estaba decidido pues si le jugaban sucio, él también lo haría.
- ¿Qué propones que hagamos, Bruno? – preguntó Albert, pues ya se había quedado sin ideas por el momento.
- Primero que nada, vamos a visitar a Silvio, él debe tener más información.
- Está bien, de acuerdo, iremos a charlar con Silvio.
Arrancó el vehículo y enfiló calle arriba.
- ¿Tienes algún arma aquí? – preguntó Bruno.
- Sí, pero las tengo en el maletero, como todos... exceptuando la que llevo en la sobaquera.
Albert Tarantella no se había parado a pensar realmente en que el asesino de Nascarella fuera Giovanni. El Consigliere de los Lombardi no entendía cómo Bruno había llegado a saber que el crimen podía haber sido obra del hijo del Don. ¿Cómo podía un “soldatti” normal y corriente, al que siempre se le habían cerrado las puertas, saber cómo actuaban las mentes de la cúpula de la familia? No, finalmente comprendió que no debía fiarse tanto de las difamaciones de Bruno; es más, Trapani podía estar mintiendo en razón de que Giovanni era un estorbo. Y que además era Trapani quien estaba en el punto de mira de todos y podía estar mintiendo para echarle la culpa a otro.
Tarantella decidió no hacerle mucho caso.
Continuó conduciendo con una sospecha que no quería dar a conocer a Bruno, evidentemente. Al pensó que si Giovanni lo descubría y no se aclaraba el asunto ese del traidor, a él lo matarían sin lugar a dudas. Sobre todo, si Giovanni seguía vivo. De repente, tuvo una idea. Si mataba a Bruno, no habría nadie que protestara porque todos lo señalaban ahora mismo; se apuntaría un tanto y se quitaría de encima el peso de ser el cómplice de Trapani. Su mano se deslizó hacia su sobaquera; en el momento de sacar su arma se detuvo. ¿Qué culpa tenía Bruno de estar en la lista negra de Giovanni?
Finalmente, llegaron al piso de Gloria. La gente caminaba tranquilamente por la calle. Empezaba a oscurecer.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
IV
 
 
Giovanni se encontraba en su habitación. Había llegado no hacía mucho y se encontraba recostado en su cama dándole vueltas a la conversación que había tenido con Gloria... ("No me interesan los malditos negocios que los mueven a todos ustedes ni por qué Bruno hace lo que hace. Sólo quiero que te marches porque mi padre llegará dentro de un momento y no quiero darle explicaciones a nadie.")
Las maldiciones de Giovanni fueron interrumpidas de pronto por alguien que entró de improviso a la habitación.
- Tenemos que hablar de algo serio – dijo Aldo, cerrando la puerta .
- ¡Vete de aquí! – Giovanni hizo un gesto con la mano sin salir de la cama y se dio la vuelta.
- Escuché cuando ordenaste atacar a Nascarella y siento que no te hayan resultado las cosas.
Giovanni se quedó sorprendido al ver que su hermano menor, aunque parecía inocente, no lo era tanto.
- Sólo quería darle un susto para que Bruno no se sienta tan invulnerable. Todo lo más herirle un brazo pero... a esos perros se les fue la mano.
El mayor de los hijos de Lombardi se había sentado en la cama y por primera se le notaba un gesto de arrepentimiento, pero no había contado toda la verdad.
- Lo sé y te comprendo perfectamente, aunque no lo creas. Por Alice yo haría lo que fuera pero no debes dejar que Bruno te haga perder la cabeza. Recuerda que está haciendo un trabajo para nosotros y no lo debes arruinar. Al menos por ahora.
- Pero a Gloria sólo le interesa aquel hijo de puta. Y creo que por ese motivo cometí un grave error. Antes de marcharme de su casa, le dije que regresaría por ella y me la llevaría sobre el cadáver de Bruno y de cualquiera que se opusiera aunque fuera su padre…
               - Bueno – dijo Aldo pensativo –, no es precisamente algo que debas decirle a la mujer que quieres.
               - ¿Y qué querías que hiciera…? Estaba muy molesto. Además, en realidad tengo pensado cargarme a Bruno.
               Aldo se lo quedó mirando un instante. Parecían haberse invertido los papeles. Ahora era el menor el que llevaba la delantera.
               - Escucha, Giovanni, seré un blanducho como dices pero ante todo soy un hombre y, como tal, te doy mi palabra de que te ayudaré con Gloria y después veremos qué pasará con Bruno. Pero haz todo con calma y saldrás adelante. 
 Aldo esbozó una sonrisa antes de marcharse. Giovanni no alcanzó a decir nada pero en su interior agradeció este fraternal gesto de apoyo de alguien que, aunque no sería nunca de peso en la Familia debido a su debilidad y poco olfato para los grandes negocios, era un chico inteligente y sabía afrontar los problemas con serenidad.
Ahora Bruno, sin saberlo, tenía como enemigos a los dos hermanos Lombardi.
 
Mientras tanto, Albert y Bruno se bajaron del auto. Al llegar a la puerta de la casa de Gloria, sin siquiera tocarla sintieron pasos del lado de adentro y el sonido de quitar el seguro. La puerta se abrió, y Gloria apareció detrás de ella.
- Oh, Bruno – dijo, dejándose caer sobre sus brazos –. ¡Estás bien!
- ¿Y por qué no habría de estarlo? – preguntó extrañado Bruno.
- Ya lo sabrás – dijo Gloria tristemente.
Se escuchó la voz de Silvio Palmice desde dentro:
- ¡Entren rápido!
Al y Bruno entraron al piso, este último con Gloria todavía abrazándolo.
- ¿Cómo estás, Bruno? – le preguntó Silvio tendiéndole la mano.
- Bien, señor – le respondió Bruno.
- ¿Y tú, Al? – le preguntó al Consigliere – Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
- Estoy bien – le respondió –, sólo que todavía muy impresionado por lo que pasó.
- Bueno – dijo Silvio –, tu venida no podría haber sido en mejor momento. Gloria, hija, trae cuatro cafés.
- Sí, papá – contestó Gloria y fue a prepararlos.
Mientras, Bruno se quedó pensando en lo último que había dicho el padre de Gloria; luego le preguntó:
- ¿Por qué dice que no podríamos haber llegado en un momento mejor?
- Lo digo porque tenemos que hablar de lo ocurrido – respondió Silvio – o sea, revisar cómo pasó, por qué, y qué debemos hacer ante esta situación. Siéntense – añadió –, tenemos que hablar.
- Bruno cree que el problema es Giovanni – dijo Al –. Que él es el traidor pero se las está ingeniando para hacer parecer que es una inocente paloma.
Gloria entró de golpe con los cafés que dejó encima de la mesa y pensó que esa era la causa de que Giovanni la hubiera visitado. Se sentó.
- Giovanni estuvo aquí y amenazó a mi hija con que mataría a Bruno o a cualquiera que se pusiera en su camino. ¿Deberíamos avisar al Don? – preguntó Silvio.
- No, Giovanni le engañaría y la situación empeoraría.
- ¿Por qué no dijeron eso antes? – preguntó Bruno que acababa de sentir un nudo en el estómago, no por las amenazas hacia él sino por la situación por la que había tenido que enfrentar Gloria.
- Ahora lo importante es averiguar qué motivos precisos son los que impulsaron a Giovanni a cometer esa locura.
- He llegado a pensar – dijo Silvio en voz baja – que Giovanni está ayudando a otra familia a destruir a su propio padre.
- ¿Otra familia?... ¿Te refieres a…?
- Probablemente, Albert, puesto que en este momento los únicos considerados rivales dignos de los Lombardi son los Montivani.
Por un momento, Al Tarantella desvió su mirada y se quedó pensando… (“¿Es que alguien sabría que…?”)
- Esto se está poniendo grave pero vamos por orden. Primero que nada, Gloria debe desaparecer: ella puede ser una de las causas del arrebato de Giovanni – dijo decididamente Albert.
- Es fácil decirlo ¿no? – dijo Bruno algo molesto y continuó – ¿Ella es el problema? Déjenla en un armario por diez años. ¡Cómo la pueden meter en este lío!
- Mira, Bruno, no nos hagas las cosas más difíciles. Además tú también deberías desaparecer un tiempo – agregó Silvio.
- Pero, Albert, y si desparezco así como así, mis problemas no serán sólo con Giovanni sino con todos los Lombardi y los Montivanni . Con esos enemigos encima, mejor me suicido, ¿no?
Bruno estaba ahora evidentemente molesto y se paseaba por la sala de un lado a otro.
- No es necesario una acción tan extrema – dijo Albert, quien por otras razones, que sólo él entendía, estaba muy preocupado.
- Bueno, sea donde sea que ellos vayan, iré con ellos pues no puedo dejar sola a mi hija y a este muchacho.
Tarantella reflexionó un momento.
- Bien, conozco un buen lugar donde podéis esconderos mientras encuentro algo mejor.
Parecía haberse calmado.
- ¿Dónde? – dijeron Bruno y Silvio a la vez.
- En un antiguo departamento de mi propiedad. Ni el Don sabe de su existencia. Pero eso sí, debemos hacer como que os han raptado o algo así...  Si no, creerán que vosotros sois los traidores.
- Gracias, Al, pero yo tengo un sitio mejor – dijo Silvio –. Gloria, recoge tus cosas, nos largamos de aquí...
Era evidente que Silvio no se fiaba del todo de Tarantella; esto se hizo patente entre todos.
Obediente, Gloria, quien no había dicho una sola palabra, se mantuvo en silencio y se dirigió a su habitación.
Los hombres se levantaron y se dirigieron a la salida.
- Bruno, haz que parezca esto un rapto o algo así...  Y trae a Gloria, debemos irnos ya – dijo Silvio.
Gloria salió de la habitación con la maleta. Tarantella y Silvio habían bajado.
Al ver que sólo estaba Bruno, se lanzó en sus brazos y lo besó con pasión.
- Te he echado de menos – dijo entre sollozos.
- Tranquila... Tranquila – la consoló él.
 
Albert se despidió y se marchó con la promesa de no decirle nada a los Lombardi pues Giovanni no debía enterase.
Silvio entretanto roció combustible por todo el lugar y, encendiendo un fósforo, exclamó satisfecho
- ¡Arrivederci!
Y en medio de la noche, tres sombras se deslizaban al interior del coche para desaparecer por tiempo indefinido. Empezaba su exilio.
 
 
 
 
 
 
V
 
 
Los Simone eran una pequeña Familia que tenía su territorio de acción exclusivamente en Nueva Jersey. No eran más de cincuenta soldados, con sus respectivos asociados, divididos en cinco “regimi”. Los miembros más importantes de la Familia eran Antonio Simone, jefe y hombre de honor de los más listos, que había pasado ya los cincuenta años y que había sabido mantener su territorio sin tener que enfrentarse violentamente a otras familias o bandas. Tenía un gran poder negociador y era aliado de la Familia Lombardi.
Por otro lado, estaba su vicejefe, el Sottocapo Gaetano Liggio, su más fiel compañero, cuya mayor virtud era ser el que mejor sabía cómo eliminar a los elementos que estorbaban la marcha normal de la Familia y era, en los círculos de los hombres de honor, uno de los más temidos del país; tenía un físico poderoso a pesar de sus cuarenta y cinco años y bastante mal genio, pero era el más leal de todos los miembros del Capo Antonio Simone. Esta Familia se dedicaba a la recogida de basuras, un par de salas de juego, apuestas deportivas, clubs de alterne, extorsión a los pequeños comercios y algunos negocios menores. Además un nuevo soldado hábil y listo para los negocios, sereno y a la vez salvaje para los momentos en los que la violencia era necesaria, acababa de ser hecho Miembro de la Familia, es decir Hombre de honor. Era sobrino de Gaetano Liggio y primo de Gloria Palmice, tenía veintiocho años y su nombre era Robert De Stefano.
 
Era una noche muy fría de invierno, no paraba de llover, en New Jersey...
Llegó un coche con matrícula de NYC y aparcó justo en la puerta de un edificio de apartamentos antiguos; en la misma puerta, los esperaba con un paraguas un joven alto y fuerte, muy bien trajeado. Salieron del coche dos jóvenes con sendas maletas y se despidieron del conductor lo más rápido que pudieron...
- Hija, cuídate mucho, yo estaré manteniéndome informado; no creo que vayan por mí, no sé mucho.
- Te echaré de menos, papá – respondió la Gloria.
- No os fiéis del todo de Albert Tarantella, en estos momentos estamos solos – dijo, mirando a Bruno, a la vez que arrancó el automóvil y desapareció entre la espesa lluvia.
Gloria y Bruno quedaron en una actitud de dudosa espera.
Se acercó el hombre que esperaba en la puerta: era Robert De Stefano que había hablado horas antes por teléfono con Silvio, el marido de su tía muerta hacía tiempo, la madre de Gloria.
Les abrió la puerta y subieron a casa de Robert. Cuando entraron en el apartamento, se rompió el silencio:
- Bueno, lo que necesitéis decídmelo, no creo que os busquen aquí ya que piensan en un rapto o que os habéis largado a una ciudad más lejana. Aun así, si queréis salir a dar una vuelta es mejor que lo hagáis a mediodía, cuando la gente descansa en sus casas o bien por la noche, aunque siempre con cuidado y vigilando.
- Muchas gracias por todo, primo. Supongo que deberemos escondernos una temporada y aguardar noticias de mi padre – dijo una Gloria visiblemente triste.
- Y lo más importante – dijo Bruno –. Yo sé que trabajas para los Simone pero ellos tampoco deben enterarse de que estamos aquí ya que están en constante comunicación con los Lombardi.
- Descuida, Bruno, Silvio ya me informó y no abriré la boca – contestó Robert decididamente.
 
 
Don Giuseppe Lombardi se veía deprimido. Se encontraba en su despacho con Albert Tarantella y Angelo Taviani, el nuevo caporegime de confianza del Don.
 
- ¿Qué noticias me traes…? ¿Has sabido algo?
El Don estaba ya cansado y la desaparición de Bruno lo tenía fastidiado
- Nada, Don Giuseppe. Hicimos revisar los restos del incendio minuciosamente y no hay nada que nos indique el paradero de Bruno y la muchacha – el nuevo caporegime estaba nervioso. Quería verse bien ante los ojos del Don pero aún no había logrado nada importante.
- ¿Y tú qué opinas al respecto, Albert? Te noto callado…
Don Giuseppe estaba extrañado de la hermética actitid de Tarantella.
- Creo que deberíamos seguir concentrados en el asunto de Nascarella que es más importante que la desaparición de esos muchachos. Además, Silvio dijo que estaba averiguando por su lado.
Albert se sentía confundido. Le molestaba el hecho de tener que guardarle algún secreto a su jefe (no era el único que le guardaba, pero… Mejor olvidar…)
Pero Bruno y Gloria eran las pruebas que se necesitaban para descubrir a Giovanni por lo que estaban más seguros en el exilio voluntario.
- Si me permitís dar mi opinión, no me agrada ese tal Silvio. Me parece que ocultaba algo cuando vino a hablar con usted esta mañana – dijo Ángelo con desconfianza.
- Es bueno que seas desconfiado, aunque conozco a Silvio hace tiempo. En fin, me duele la cabeza. Dejemos el asunto hasta aquí por hoy.
El Don salió de la habitación dando por finalizada la pequeña junta.
 
Giovanni se encontraba pensativo. Intuía que eso del secuestro era una farsa y que el maldito Bruno había huido con Gloria. Se sentía humillado y derrotado por lo que acababa de suceder. De pronto sintió una voz familiar cerca de él.
- ¿Por qué tan pensativo en medio de la noche? – era Aldo que a diferencia de Giovanni, lucía radiante.
- ¿Qué?  ¿No te has enterado…? Parece que Bruno y Gloria desaparecieron de la faz de la tierra.
- ¡Ahhh, sí! Dicen que los secuestraron... Extraño ¿no? -
- No, ¡qué va! Ellos huyeron, eso es seguro. Probablemente de mí. Pero, cuando recupere los ánimos, salgo a buscarlos y los traigo vivos o muertos – Giovanni golpeó sobre la mesa con sus puños mientras hablaba.
- Cálmate. Luego veremos qué podemos hacer al respecto y ahora quisiera hacerte una pregunta… ¿Encontraron a Enzo Marinello?
- Sí, lo encontré pero tuve que callarlo… Sabía demasiado ¿entiendes?
- Entonces... tú...
Giovanni no contestó. Sólo apretó los labios y asintió con la cabeza. Aldo no quería molestar más a Giovanni por lo que cambió de tema.
- ¿Sabes qué voy a hacer mañana? Voy a tomar una gran decisión. Cuando lo sepas no lo vas a creer.
- ¿De qué se trata? – Giovanni comenzó a extrañarse de la alegría de su hermano.
- Mañana te cuento. Todo depende del resultado y también aprovecha de contarme por tu parte algunas otras cosas – Aldo estaba decidido a sacarle la verdad a Giovanni.
- Como quieras.
 
Al día siguiente, un hombre, con un viejo abrigo gris y un sombrero gastado por los años, caminaba inadvertido entre la gente con paso lento. Llevaba una de sus manos en el bolsillo como si protegiese algo valioso. Se detuvo entre dos viejos edificios y con una rápida mirada alrededor, entró al callejón. Una hermosa joven de cabellos rizados se encontraba en el lugar con el rostro iluminado al ver a este hombre.
- ¡Amore mio, sei qui! – exclamó ella, echándose en sus brazos.
- Lo dijiste en italiano... eres preciosa… Esto es para ti – dijo Aldo, entregándole una pequeña caja que llevaba en el bolsillo.
- Es... es... un… – una lágrima rodó por su mejilla al ver el valioso anillo.
- Cásate conmigo, Alice, y larguémonos de aquí.
- ¿Y si se entera tu familia, mi hermano…? Sólo por entrar a este barrio corres peligro…
- ¡A la mierda con todo! Yo he juntado dinero, no habría problema. Además, tengo un amigo que ofreció ayudarnos.
- Me encantará casarme contigo entonces – dijo Alice, tomando las manos de su amado.
Un último abrazo, un beso y estaba todo decidido. Ambos enamorados se casarían a escondidas y podrían escapar de una vez por todas de ese violento mundo.
Aldo dejó Hell's Kitchen sin presentar sospechas, convertido en el hombre más feliz del planeta. Nada ni nadie le quitaría la posibilidad de ser feliz aunque lamentaba tener que dejar a su hermano justamente cuando las relaciones comenzaban a mejorar. Le había ofrecido su ayuda a Giovanni más que nada para que lo mantuviese informado de sus acciones y no volviera a repetirse el episodio de Nascarella… al fin y al cabo era su hermano y no quería que se metiera en más líos de los que ya estaba metido…
Mientras Alice veía marcharse a Aldo, se fijó en que se le había caído la cartera, seguramente al sacar la caja del anillo. La recogió pensando en que esa sería otra oportunidad para ver a su amado.
Aldo caminaba feliz haciendo planes sobre la boda, cuando un coche se detuvo detrás de él y de golpe aparecieron dos hombres con gabardina y sombrero.
- ¿Ocurre algo? – preguntó Aldo.
Uno de los matones se quedó junto al coche mientras el otro se le acercaba a paso rápido. Sin mediar palabra lo tiró al suelo y le pasó una soga por el cuello... Aldo empezó a boquear a la vez que la soga se hundía en su garganta... Todo empezó a quedarse oscuro, cuando de repente la presión cedió y notó un gran peso en la espalda... Giró y vio la situación... Alice lo había salvado, había venido corriendo al ver la situación desde lejos y, empuñando una barra de hierro que encontró en el suelo, le había asestado un golpe seco en la cabeza. El matón que estaba junto al coche recogió al otro que estaba medio aturdido  y lo metió en el coche. Salió a toda velocidad por la calle... mientras Aldo se levantaba del suelo con la ayuda de su novia.
- Alice, ¡me has salvado! – exclamó Aldo.
-¿Tú hubieras hecho lo mismo, no? – sonrió Alice, aunque estaba muy asustada.
Echaron a correr hacia su coche y ya dentro hablaron:
- ¿Qué está pasando, Aldo? – preguntó muy seria Alice.
- No lo sé. Es posible que tenga algo que ver con lo de Tarantella y Trapani; nunca se sabe. No pude ver bien a esos dos... había muy poca luz...
- Yo tampoco pude verles las caras... ¿Y qué haremos? – preguntó Alice.
- Pues ahora mismo no lo sé... pero pase lo que pase, Alice, yo te protegeré.
Aldo estaba desconcertado después de aquel ataque. Sabía que su vida había sido salvada en el último momento. Podía haber muerto. Pero más que eso lo preocupaba cuál habría sido el destino de Alice. Ahora la tenía a su lado. No quería llevarla a su casa. Intuía que aquellos matones podrían atacarla a ella
- ¿Qué vamos a hacer? – preguntó la muchacha.
- Nos vamos a hablar con mi padre – dijo Aldo con gran seguridad.
- Antes quiero pasar por mi casa para ver si está todo en orden.
- Bueno, Alice, pero rápido que el tiempo apremia. De todas formas ellos me buscaban a mí por lo que no debes preocuparte.
 
Estacionó algo alejado de la casa de los Brennan. Las luces del auto apagadas. Bajaron y se dispusieron a entrar. Pero algo les llamó la atención. La puerta estaba abierta.
Dentro, un total silencio, todo estaba en perfecto orden. Demasiado perfecto. El haber encontrado la puerta abierta multiplicaba las posibilidades de encontrar a alguien dentro; con un pequeño gesto amartilló su arma y, pistola en mano, entró en la casa. Comezó a sentir algo de temor por lo que pudiera encontrar tras esas puertas… pero él era un Lombardi y no debía atemorizarse. Buscó en el salón... nadie. Buscó en el baño... nadie. Echó un vistazo en la cocina... Desde allí emanaba un extraño olor, el olor que deja un silenciador después de efectuar los disparos. El olor venía del dormitorio, corrió hacia la habitación e intentó abrir la puerta, pero no podía, notaba humedad en los pies, miró y... se encontró con un gran charco de sangre.
La ira golpeó de lleno en su cabeza como si fuera una pelota de béisbol recién bateada por un profesional. Rojo de furia, la echó abajo. Había dos cadáveres, los habían matado mientras dormían (eso supuso porque no había señales de lucha), la sangre salía de sus cuerpos acribillados… Las dos personas eran adultas, un varón con un total de tres proyectiles y una mujer con dos disparos en la cabeza y en el pecho respectivamente. Así a primera vista no podía identificar la edad de los fallecidos.
Había una tarjeta que decía:
“De parte de Giacco Magliozzi"
¿Quién era ese carroña de Giacco? Si es que fuera su verdadero nombre, ¿habría sido la venganza esperada o no venía al caso? ¿Era ese hombre el verdadero culpable o era todo una trampa? O quizás, era para desviar la atención. De nuevo, muchas preguntas rondaban su cabeza. Lo malo es que tenía que decirle a Alice que había dos cadáveres en la habitación de sus padres.
Salió de la casa, guardó su arma en el bolsillo.
Mientras, tomó un cigarrillo y lo encendió con un fósforo de una caja que estaba en la habitación de los muertos y lo tiró al suelo... pero… (“¡¿Qué hago?!”) 
Se dio vuelta, corrió hacia el cartón, lo miró. Una tremenda explosión lo hizo volar unos cuantos metros y dio contra una farola que tenía que encontrarse justo en su camino, (“¡maldita mierda!”), miró hacia el coche, ardía en llamas. Gloria no estaba.
Mientras, reventaba una bola de fuego en el cuarto de los viejos y a lo lejos divisó un tipo que huía; fue a sacar la pistola y, con gran disgusto, comprobó que la había perdido. Consiguió andar unos metros, tambaleándose, para entrar en un bar, al lado, y hacer una llamada; todos lo miraron asustados; después de la llamada salió a la acera y cayó al suelo. Los bomberos no aparecían y los policías tampoco.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
VI
 
 
Despertó en un sofá rodeado de unos tipos a los que jamás había visto y les preguntó por Alice, pero no consiguió respuesta. No tenía idea del tiempo que había transcurrido. Se tocó la cara… La barba denotaba que habían pasado muchos días.
De repente se abrió la puerta y entró uno, alto, como de cincuenta años, con buena forma física para su edad pero algo flaco y con un bigotito pequeño debajo de su nariz aguileña. Habló con uno de ellos y notó ese tipo era napolitano por el acento. Sería otro ser despreciable proveniente de la Camorra, pero ¿qué hacía ahí? Llevaba un bastón con él y decía llamarse Magliozzi, Giacco Magliozzi…
- Hombre, te has despertado. Mira, siento lo de la muchachita pero has de saber que la bomba iba dirigida a ti y nadie más, pero te distrajiste y... ¡Boom! ¿No es divertido, que una cosa tan pequeña como una bomba, con mecanismo de relojería, reviente y destruya algo que es cien veces más pesado?
- Carroña, los viejos no venían a cuento… ¿por qué…? ¡Ahhh…!
Un severo golpe de uno de los compinches lo relajó, mientras lo apuntaban con una pistola y le recomendaban que se calmase.
- Todo venía a cuento, amigo, esos viejos eran una molestia y además teníamos un asunto pendiente.
- ¡Qué dices! Estás loco... ¡ughhh! – otra caricia del matón que lo apuntaba.
- No, ya lo verás – se sentó el tal Giacco dispuesto a explicar el asunto –. En primer lugar, a mí me han pagado por eliminarte y hacer creer que tú asesinaste a estos irlandeses por celos. En segundo lugar ese viejo es el responsable de la muerte de mi hijo… ¡A quién le importa un viejo a menos que haya tenido un pasado turbio! Ese anciano, padre de la muchacha, antes era un jodido asesino barato que mataba a personas poco importantes. Yo tenía todo… ese... ¡irlandés de mierda lo mató! Y todo por una pequeña violación. Lo bueno es que he matado dos pájaros de un tiro.